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Nella vita abbiamo tutti degli alti e dei bassi, situazioni che ci pongono in uno stato di felicità che ci sembra di vedere la vita tutta rosa. Il prato è più verde, gli uccellini cantano, le farfalle volano intorno a noi e riusciamo anche a sentire un sottofondo musicale come nei telefilm statunitensi.

Poi c’è anche il rovescio della medaglia, situazioni e problemi che ti fanno venire la voglia che la terra si apra sotto i tuoi piedi o ti fanno strappare i capelli fino a non averne più.

Per questo tipo di situazioni (quella dei capelli, intendo), ci sono le persone che ti amano intorno a te, per poterti tirare su quando la terra si è aperta sotto i tuoi piedi, regalarti una parrucca nel caso ti sei strappata tutti i capelli, o semplicemente prepararti una sopita de fideo.

Se c’è qualcosa che mi ricorda vivamente la cucina di casa mia (quella messicana) è precisamente la zuppa di capellini (sopa de fideo).  L’odore di soffritto di cipolla e pomodoro mi arriva direttamente al naso, scende per la trachea e da li gira per arrivare al mio cuore, installandosi permanentemente e risvegliando quei ricordi con i quali ho imparato a convivere.

Già, una semplice ed umile zuppa mi provoca una marea di emozioni, ricordi, nostalgie e sorrisi che neanche il piatto più gourmet riuscirebbe mai a provocarmi. Ringrazio l’universo per questo.

Arrivare a casa col braccio ferito e piangente aveva solo una cura:  Una sopita de fideo.

Buttare i libri e sederci al tavolo di cucina col morale sotto i tacchi per via di un brutto voto all’esame di storia aveva come ricompensa:  Una sopita de fideos.

Finire i fazzoletti di carta piangendo per l’ingratitudine di un fidanzatino appena piantato voleva dire solo una cosa: Una sopita de fideos.

Mio marito ha imparato a fare la mia zuppa di fideos, mi coccola con questa, sa che anche la giornata più grigia e i pensieri più negativi spariscono alla prima cucchiaiata.

Allora si mette il grembiule, prepara il soffritto, cucina la zuppa e me ne porta un pò al letto. Poi aspetta e mi chiede: Allora? com’è? somiglia a quella di tua mamma?

Ed io sorrido e annuisco, perchè capisco che non si tratta di chi ti prepara un certo piatto, ma l’amore e la dedizione con cui viene fatto, anche s’è una semplice sopa de fideos.
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En la vida todos tenemos altas y bajas, situaciones que nos ponen en un estado de felicidad que nos parece ver la vida de verdad toda en rosa. El prado es más verde, los pájaros cantan, las mariposas vuelan a nuestro alrededor y hasta podemos sentir una cancioncita de fondo de esas que solo notas en los telfilms estadounidenses.

Luego está la otra parte de la moneda, las situaciones y problemas que te hacen querer que el piso se abra ahí mismo y te trague enterita o desgreñarte tu misma con tus santas manos hasta que no te quede un solo pelo en la cabeza.

Para esas situaciones, las de desgreñada, digo; están las personas que te aman alrededor de ti. Para tirarte hacia arriba si es que te has dejado tragar por la tierra, regalarte una peluca en el caso te hayas arrancado todos los pelos, o simplemente hacerte una sopita de fideo.

Si hay algo que me recuerda vivamente la cocina de mi casa (mexicana) es precisamente la Sopa de Fideos. El olor del sofrito de cebolla y tomate me llega directo a la nariz, se desliza por la tráquea y de ahí se desvía caprichoso hacia mi corazón, instalándose permanentemente y despertándome esos recuerdos con los que he aprendido a convivir.
Una simple y humilde sopa de fideos me provoca un sinfín de emociones, recuerdos, nostalgias y sonrisas que ni el más gourmet de los platillos podrá jamás provocarme. Agradezco al universo por ello.

Llegar a casa con el brazo lastimado y llorando tenía solo una cura: Una sopita de fideo.
Botar los libros y sentarse a la mesa de la cocina con el ánimo por los suelos porque había sacado un 7 en el examen de historia tenía una recompensa: Una sopita de fideos.
Acabarse los pañuelos desechables llorando la ingratitud de un novio apenas plantado quería decir solo una cosa: Una sopita de fideos.

Mi marido ha aprendido a hacerme mi sopa de fideos, me consiente con ella, sabe que hasta el día más gris y los más negativos de los pensamientos desaparecen a la primera cucharada.
Entonces se pone el delantal, prepara el sofrito, cocina la sopa y me lleva un tazón a la cama. Luego espera y me pregunta: ¿Qué tal? ¿es como la de tu mamá?
Y yo sonrío y asiento, porque entiendo que no se trata de quien te prepara un cierto plato, sino el amor y la dedicación que ponen, así se trate de una simple sopa de fideos.

Author: Maricruz

Fotógrafa inventada y foodie por casualidad. Viajera curiosa y adoradora incondicional de los gatos. Vivo, respiro y me harto de cappuccinos (mi vicio!) en Roma, Italia.