Decidimos de saltarnos el tour organizado que nos habían propuesto los del hotel y en lugar de eso pedimos información para ir a Kathmandu en autobús. Autobús! Max no estaba muy de acuerdo por que había presenciado la manera tan “diferente” que tienen de manejar en Nepal, pero logré convencerlo diciéndole que sería una experiencia única, así que allá fuimos.

Siguiendo las indicaciones que nos dieron en el hotel y abusando de la amabilidad de los nepaleses llegamos hasta la zona cerca de Durbar Sq llena de negocios de ropa, calzado, joyas, souvenirs y naturalmente templos incrustados en cada esquina. También pueden visitar Thamel donde podrán perderse y gastarse todos sus dineritos porque hay tantas cosas que comprar y a tan bajo precio que es casi que imposible no salir de ahí con al menos una playera.

Kathmandu es caótica, única, sucia, hospitalaria, histórica, mística, espiritual. Perderse en sus calles es lo mejor que pueden hacer para empaparse de la atmósfera y disfrutar a lleno la capital. Mientras caminan por sus callejones no se olviden de detenerse en uno de sus puestos de yogurt y refrescarse con un buen vaso de esta deliciosa bebida por menos de 50c.

En Durbar Sq hay que pagar una entrada de 750 rpn, que en lo personal se me hizo bastante cara para. Si desean regresar otro día sin volver a pagar la entrada pueden ir a la oficina de turismo que se encuentra ahí mismo (en el mapa que les dan están las indicaciones) y pedir que les prolonguen el permiso; si llevan fotos se los autorizan por 3 días, en caso contrario lo hacen solo por dos (ustedes escogen el día extra).

Disfruten de la plaza y sobre todo acomoden sus horarios para que les toque ver a la Kumari que lánconicamente se asoma por la ventana de su balcón (lo hace solo dos veces al día, pregunten a que horas porque hay una serie de contradicciones en este aspecto).
En esta enorme plaza histórica hay tanto que ver y conocer que tal vez sea una buena idea el contratar un guía que les acompañe durante el recorrido.

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Changu Narayan

Visitando Changu Narayan nos dejan en la entrada desde donde hay que subir pocas escaleras por donde hay varios negocios de souvenirs y hasta un pequeño museo que por muy pobre que parezca recomiendan de visitar para apoyar un poco la economía del pequeño pueblito. En dicho museo, el dueño te da un pequeño tour explicándote la historia y leyenda del lugar.

Terminadas las escaleras nos encontramos con el templo hindú de Changu Narayan y el cual se dice es el más antiguo del país. Como todos los templos este está infestado de pichones los cuales con sus excrementos han arruinado gran parte de las estructuras, es una pena, pero para los nepaleses estos pájaros son sagrados y por tal motivo son intocables.

Luego de la visita al templo decidimos de regresar caminando al hotel, pero no siguiendo bien las indicaciones nos vamos por el sendero más largo y la caminada de 6km se convierte en una de 10, aún y todo los paisajes son hermosos, atravezando desde una pequeña foresta de pinos donde las cabras nos seguían como mansos gatitos hasta valles llenos de arrozales donde la gente del campo (por lo más mujeres) detenían un segundo sus labores para alzar la mano y decirnos con ese tono cantadito: Na-mas-teeeee.

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Templo de Vajrayogini

El conductor nos deja a los pies de una escalera, por primera vez en el viaje me tengo que detener cada 15-20 escalones porque de verdad es cansada la subida y mi pierna lastimada comienza a resentirse de tanta caminada, pero el paisaje y la tranquilidad del lugar valen la pena el esfuerzo.
En la parte alta está el templo de Vajrayogini, llegamos a una hora en que los únicos turistas aparte de nosotros eran un par de monjes y dos o tres personas que rezaban y encendían velas. Nos ponemos a tomar fotos nosotros también y de repente un gran grupo de macacos nos rodean pidiendo golosinas. Max me toma algunas fotos mientras le doy galletas a uno y después de una hora emprendemos el camino de regreso a donde nos espera el chofer.

Ya abajo en el pueblito de Shanku nos deja en una esquina y nos explica que nos espera donde está la parada de autobuses, el pueblito está todavía adornado con las banderas de colores de los días de festival pasados, perderse por sus calles como siempre es lo mejor que se puede hacer.

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Templo de Gokarna Mahadev

La siguiente parada es el templo Gokarna Mahadev el cual está a las orillas del río Bagmati. Dicho templo alberga una colección de estatuas de todas las deidades del hinduísmo, algunas incluso antiguas de mil años. La entrada es de pago, algo así como 200 rupias por persona.

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Boudhanath

Emprendemos el camino hacia Boudhanath, el chofer para en un descampado donde se puede estacionar gratis y nos da instrucciones sobre como llegar a la entrada de la Stupa, nos encaminamos hacia allá y mientras pagamos la entrada me volteo y me encuentro delante a mis ojos el monumento más bonito que he visto hasta ahora en Nepal: La Stupa de Boudhanath.

Boudhanath es uno de los pocos lugares en el mundo donde la cultura budista-tibetana se manifesta sin ningún tipo de restricción, vemos por todas partes monjes en sus túnicas bourdeaux que pasean por las calles. La Stupa es tan imponente (la más grande toda Asia) que siento que se me eriza la piel y una emoción que no sé como describir me inunda. Quiero llorar pero me detiene el ver tanta gente y me da vergüenza que piensen que soy una ridícula. La regla tibetana es caminar en sentido de las manecillas del reloj y eso ayuda mucho al flujo de tantas personas que están visitando la plaza. El lugar está lleno de negocios, restaurantes y escuelas de pintura.

Visitarlo en realidad no toma mucho pero es tanta la belleza del lugar que es simplemente imposible el irse. Comienza a caer la tarde y el lugar se llena -si es posible- de más atmósfera cuando los monjes salen a caminar, rezar, encender lámparas y hacer sus compras para la cena. Todo es tan bello y a pesar de estar lleno de gente curiosamente se siente tan tranquilo.

Comimos como reyes por algo así como 10€, todos los restaurantes sirven comida vegetariana, pero mi muy carnívoro marido pidió un plato de carne con bastante picante que al final tuve que comerme yo. De postre comimos la torta de zanahoria más rica que he comido en mi vida por solo 100 rupias (menos de 1€). En Bodanath está lleno de negocitos que venden rosarios budistas, así que yo me doy vuelo y compro algunos (tengo obsesión por ellos!) por tan solo un par de euros.

Regresamos al hotel cansados a morir, preparándonos mentalmente al tour del día siguiente.

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Boudanilkanta

Llegamos a Boudanilkanta exactamente a las 7:20am, el lugar estaba lleno de fieles preparándose al más hermoso ritual que he visto en mi vida:

Al centro del pequeño lago -que simboliza el cosmos-, acostada sobre un lecho de serpientes se encuentra la estatua de Vishnu quien duerme plácidamente. El lugar está lleno de espiritualidad, un niño monje canta salmos en lo alto del edificio de enfrente y un grupo pequeño de monjes jovencísimos lava la estatua, la unta con aceites, la adorna con flores y con sus joyas, mientras los fieles rezan y queman inciensos.
Todo este ritual es para que Vishnu continúe a dormir su sueño casi-eterno (se despierta solo una vez al año) ya que en caso contrario un grande terremoto acabaría con todo el valle. Conviene tenerlo contento y descansando.

Nosotros nos dejamos transportar por el ritual que dura aproximadamente una hora. Es tan místico el lugar que no nos damos cuenta de que no hemos hablado casi en toda esa hora y que hemos tomado poquísimas fotos. Nos quedamos unos minutos más, los justos para ver la grande fila de fieles que espera su turno para dejar sus ofrendas (fruta, dinero, flores).

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Swayambhunath

La minivan nos deja apenas en la entrada, pagamos el ticket y salimos unos cuantos escalones para encontrarnos con una hermosa Stupa y el templo que como siempre nos confunde con su mezcla de iconos sea budistas que hinduístas, su atmósfera con olor de inicienso y lámparas de grasa de yak. Decidimos de caminar un poco, tomar algunas fotos y luego emprender la retirada al ver la horda de turistas que llegaban de poco a poco.
Mientras bajamos al estacionamiento vemos -por fin- los dichosos monos, en realidad son muchos! y eso nos hace detenernos otros minutos para tomarles fotos.

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Patan

No sé si sea el hecho que ese día yo no estaba particularmente alegre a causa de la mala noche que pasé (con tos y despertándome cada hora), el caso es que Patan no me impresionó mucho, otra Durbar Square, más templos y muchos, pero esta vez con muchísimos más turistas (creo que incluso más que en Bodnath).

En Patan hay que pagar una muy cara entrada (creo igual que en Kathmandu), luego te dan un papelito pegado a un hilo que hay que colgarse al cuello ya que hay varios guardias en la plaza que se la pasan checando (por aquello de que algunos se cuelan). No visitamos siquiera el museo (que es un ticket aparte) porque yo de verdad me sentía débil y estar bajo el sol no era lo máximo, de hecho todas las fotos que tenemos de ahí están tomadas por Max porque yo ni para eso tenía ganas.
Buscamos un restaurante y luego de medio probar el más asqueroso almuerzo que nos han servido y el cual dejamos casi intacto, nos dispusimos a recorrer la plaza. No logré entrar en la buena onda de viajera aventurera y le pregunté a Max si le importaba que nos regresáramos al hotel. Max estuvo de acuerdo y regresamos, pasando el resto del día viendo fotos y relajándonos en el hotel.

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Namobuddha

Hoy es el último día, luego que los días anteriores estuvimos en pleno relax visitando Bhaktapur disfrutando sus deliciosos momos, yogurt y recorriendo los rincones más escondidos es tiempo de visitar el monasterio budista. Nuestro plan era de tomar un autobús y teníamos ya todas las instrucciones para llegar hasta allá pero son ya varios días que traigo un catarro tremendo y la pierna me da más fastidio que nunca, así que decidimos -de nuevo- de tomar el tour que nos ofrecen en el hotel.

Pasamos antes al pueblito de Dhulikhel a visitar un templo y a ver si era posible ver de lejos las montañas del Himalaya pero una leve niebla se interpuso y muy apenas las vislumbramos, las fotos que tomó Max no rinden mucha justicia así que nos vamos pronto del lugar.

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El camino hacia el monasterio es precioso (me refiero a los paisajes), lleno de arrozales y montañas, pero la vista arriba en el monasterio deja sin aliento. Montañas llenas de arrozales de una parte, en otra los pinos se hacen presente, es una mezcla preciosa de colores y flora. La subida se puede hacer a pié (una hora más o menos) o en vehículo, en cualquiera de los dos casos se requiere un poco de paciencia porque el camino está en muy mal estado, de todos modos, al final les espera la recompensa de los paisajes y el bellísimo monasterio budista.

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Entramos al monasterio (no se paga) y parece que estamos en otra ciudad, es limpio, silencioso e invade una paz inexplicable. Escuchamos unos cantos y seguimos el sonido, subimos y bajamos escaleras y al final entramos en una gran sala donde hay muchísimas sandalias y zapatos en fila. Nos sentimos (con razón) fuera de lugar y no sabemos que hacer. Aparte por algunos letreros de “don’t entry” aquí y allá no tenemos idea si estamos metiéndonos donde no debemos.

Veo un turista y entonces comprendo que estamos en el lugar correcto. Hay una grande escalera que lleva a un piso desde donde se escuchan los cantos, un letrero con dibujos dice que hay que quitarse el calzado y no tomar fotos. Veo un monje joven y le pregunto tímidamente si nos tenemos que quitar los zapatos ahí mismo, nos dice que solo si queremos subir. Inmediatamente comienzo a desatarme las agujetas de las botas y Max hace lo mismo.

Subimos las escaleras y vemos una gran sala con muchísimos monjes arrodillados que cantan salmos. La piel se me eriza y no puedo evitar que se me salgan las lágrimas. El lugar es tan lleno de emociones y paz que no puedo evitar sentirme muy feliz de estar ahí.
No nos atrevemos a entrar a pesar de que algunos monjes fuera de la puerta nos invitan, me siento una intrusa y no quiero distraer a los monjes. Nos quedamos al menos otros veinte minutos, luego comienzan a sonar un gran tambor (perdón mi ignorancia, pero no sé como se llama), unos tipos de trompetas, campanas y otros instrumentos. Termina la ceremonia.

Un gran grupo de monjes sale de la grande sala y comienzan a hacer sus actividades. Hay gente de todas las edades: niños, adolescentes, adultos y ancianos. Es hermoso verlos juntarse en grupos y hablar, jugar. Los más grandes se hacen cargo de los más pequeños y te das cuenta de que estos últimos por muy monjes que son, al final de cuentas son siempre niños, juegan a la pelota y hacen bromas a sus hermanos mayores.

Nos entretenemos un buen rato paseando por el monasterio y hablando con algunos monjes, estos son curiosos y amables y aquellos que hablan inglés se acercan y te preguntan de donde eres, que haces, etc. No hay manera de sacarme de ahí, la paz y tranquilidad que se respira es la culpable que yo no deseé irme. Quisiera quedarme para siempre, pero al final tenemos que seguir nuestro camino.

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La siguiente parada es Paunati, un pueblito antiguo con más templos y santuarios. Para llegar a este existen dos maneras, una es con el mismo vehículo con el que llegaron y la otra es a pié entre paisajes rurales caminando por unas dos-tres horas mientras se contemplan los arrozales y se saluda a quienes trabajan en ellos (que son en su mayoría mujeres).
Paunati no logra atraerme y luego de hacer un par de fotos decidimos de regresar al hotel y comenzar a preparar las maletas ya que mañana temprano sale nuestro avión de regreso a casa, el día anterior me dí a las compras y ahora no sé como meter todo en mi reducida maleta.

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Author: Maricruz

Fotógrafa inventada y foodie por casualidad. Viajera curiosa y adoradora incondicional de los gatos. Vivo, respiro y me harto de cappuccinos (mi vicio!) en Roma, Italia.