Me gusta experimentar en la cocina, de eso no les quede ninguna duda. Nunca he sido una que se detiene a la hora de preparar un platillo -sea dulce o salado- y verificar los ingredientes para usar solo y exclusivamente aquellos que dice la receta.

¿Y si un día te pasa de que son las siete de la tarde y ese souflé que pensabas preparar casi al momento que llegaran tus invitados (por aquello de que no se desinfle) pide estrictamente 8 huevos? Y tu abres tu frigo solo para recordar que esa mañana a tu marido se le ocurrió sorprenderte con un omelette y usó dos de los dichoso huevos?.

O peor aún, que con las prisas sacas la caja de huevos del frigo y en ese momento a tu gato se le ocurre refregarse entre tus piernas haciéndote perder el equilibrio…y ¡zaz! allá vas a dar al suelo como vaca vieja con todo y huevos. El perder un huevo puede ser una verdadera tragedia, créanme.

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¿Entonces que haces? 1)Te enojas con tu marido por usar tus huevos sin tu permiso. 2)Dejas sin comer al gato a ver si se le quita la costumbre de ser tan empalagoso. 3) Experimentas y usas solo 6 de los ocho huevos que pide la receta. Creo que la respuesta todos la sabemos.

Si buscamos en internet por una receta de algo simple, ya saben, una sopa de fideos, una ensalada César; encontraremos tantas de estas que cuando nos dirigimos a la cocina no sabemos si los fideos eran cortos o largos o si había que ponerle trocitos de pan mientras se cocinaba o después (ah no, que eso era para la ensalada).

Me pasa lo mismo con el tiramisù. De todas las recetas que he visto y me faltan por ver. Me sigo quedando con la clásica, como me lo enseñó mi suegra. Que dicho sea de paso, con tres hijos, un marido, una madre y un negocio de familia que atender, siempre andaba con prisas por lo que ella no montaba las claras, batía todo junto, venga. Y que así se lo enseñó su mamá quien sacó la receta a su vez de su abuela, etc, etc.

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Si debo ser sincera, me gusta más su versión, porque la crema queda menos esponjosa y el sabor del mascarpone es más notable. No digo que no aprecie el sabor de otros tiramisus que en muy buena voluntad a veces me traen a casa los amigos. Con pan de españa en lugar de soletillas, con licor, sin café, con crema montada, sin ella. Una vez probé uno que tenía tantos tipos de licor (ron, naranja, licor de café) que acabé tumbada en el sillón sin saber si lo que había comido era de verdad un tiramisù o me habían emborrachado a proposito para que bailara encima de la mesa. Yo me los como, los aprecio y los agradezco, pero mi corazón y paladar siguen prefiriendo el sabor de un tiramisù de “los de antes”. Que le vamos a hacer, para algunas cosas soy más clásica que la coca-cola.

Mi marido eran días que me rogaba le hiciera un tiramisù. Pero uno normalito, mi amor. Como el que hacías al inicio. Que traducido quiere decir: Por favor, los experimentos para en otra ocasión, dame al menos la oportunidad de comerme un verdadero postre italiano sin que lo cambies con tus experimentos a un híbrido sacado de las recetas de Martha Stewart. ¿Les he dicho cuanto adoro a mi marido?.

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El día que le cumplí el capricho era bastate tarde (casi las siete), lo que significaba que no iba a ser posible tomarle fotos, al menos no a todo el tiramisù -y miren que tenía pensado hacerla-. Decidí pues que ese día podíamos resistir sin comerlo.
Mi suegra -quien es una golosa como pocas- se enteró que lo había hecho, por lo que viene y me dice con su sonrisa de serpiente (en otra entrada les cuento lo que quiere decir, pero les adelanto que es un apodo que le han dado sus hijos):

¿Hiciste tiramisù? *sonrisa de serpiente*
Si -le contesto- pero no puedo darte ahora mismo porque quiero hacerle unas fotos y como ves, el sol ya hace rato que se ocultó.
Está bien mi amor, mañana vengo por un pedacito, de todos modos ya sabes que no puedo comer tanto dulce por la noche. – Y se va, desilusionada, con su sonrisa de serpiente transformada en un puchero.

Al día siguiente fué uno de esos días que pasan mil cosas, ya sabes, que tienes que ir a comprar esto, que llamar a aquella, que terminar un trabajito en el pc, que comentar en los blogs…lo normal, solo que un poco más ajetreado. Se me olvidó que tenía tiramisù en el frigo.

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A eso de las 4pm me dice mi marido: Esto…¿Vas a hacerle las fotos hoy al tiramisù?.
Pego un salto de la silla que me lo hubiera envidiado la mismísima Lola (Lola es mi gata) y me voy corriendo al frigo a sacarlo mientras le doy instrucciones a mi ayudante (llamese Max) para que me traiga mis utensilios (o mejor dicho, cachivaches) a la sala de estar, visto la hora que era y que el sol ya no entraba como lo hace por la mañana en la cocina.

En un minuto montamos todo -o sea, una mesa, un fondo y un pedazo de tiramisù en un plato- y me dispuse a disparar con la cámara sin ton ni son.

Normalmente hago mis fotos cuando estoy sola, por la mañana. Ya que el sol entra en mi cocina de una forma maravillosa y me permite captar una luz natural que a mi en lo personal me encanta. Pero ese día era tarde y la única luz que entraba en casa a raudales era en la sala de estar (donde tengo una ventana y una…¿se le puede llamar puerta-ventana?, bueno, me entienden). Así que no me quedó más remedio que trasladarme ahí. Me gustó. El resultado definitivamente me gustó.

Con las prisas (por aquello del sol), al cortar el tiramisù no me salían las rebanadas en buen estado, por lo que tuve que hacer varios intentos, dejando como resultado un molde con restos de tiramisù que a mis trogolditas no importó en absoluto y que devoraron igualmente con inmenso placer. Incluyo entre estos a mi gata que le dió unos lengüetazos a los cachetes de Max quien no sé como se las averiguó para ensuciarselos con chocolate.

Al principio no me gustaban las fotos, el primer grupo que tomé las veía un poco “planas” y sin chiste ya que aparte del trozo de tiramisù, un poco de chocolate líquido y un plato blanco ahi no había nada. Ningún feeling.
Entonces, un ramalazo de inspiración (¿O de locura?) me pasó por la cabeza y recordé haber visto una foto afuera de un restaurante donde en una zuppa inglese se veían rastros de un paso humano.

Así, mientras disparaba con la cámara, me giro en una de esas y veo a mi marido y mi suegra que me miran con ojos de perdidos-en-el-desierto-sin-comer-en diez-días. Y les digo: Venga, denle una probadita al chocolate.
El resultado a mi me encantó. No sé a ustedes.

Entonces. ¿Nos comemos un tiramisù normalito?

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Tiramisù (para 4 personas y un gato)

200g de savoiardi (soletillas)
300g de mascarpone
50g de azúcar
3 huevos
1 tazita de café expreso
cacao amargo en polvo
chocolate amargo rayado
1 pizca de sal

Preparar el café expreso y dejar enfríar.
Separar las yemas de los huevos y batirlas junto con el azúcar por 5 min. Suavizar el mascarpone y agregarlo a las yemas, seguir batiendo por 4-5 min hasta obtener una crema densa.
Montar (¡Ay! que me aventuré) a punto de nieve las claras con la sal e incorporarlas a la crema del mascarpone con movimientos suaves y envolventes.

Poner una cucharada sopera de la crema de mascarpone en el contenedor (molde, refractario) que utilizarán para el tiramisù y untarla uniformemente hasta cubrir el fondo.
Uno a uno, tomar los savoiardi y mojarlos con un poco del café expreso, cuidando de no ensoparlos demasiado. Acomodarlos para hacer una capa y luego cubrir con crema de mascarpone y espolvorear con un poco de cacao en polvo. Continuar  repitiendo la operación hasta terminar con una capa abundante de cacao y alternando las capas de galletas en forma horizontal y vertical.

Refrigerar al menos tres horas, pero lo recomendado es que se repose en el refri toda la noche. Espolvorear con chocolate rayado al momento de servir.

Experimental o clásico, espero que disfruten su tiramisù.

Author: Maricruz

Fotógrafa inventada y foodie por casualidad. Viajera curiosa y adoradora incondicional de los gatos. Vivo, respiro y me harto de cappuccinos (mi vicio!) en Roma, Italia.