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Praga, Rep. Checa

¿Se puede escribir sobre un viaje después de tantos años? Yo pienso que si, digo, no hay ninguna regla o “ley de blogs” que prohíba de hacerlo. Al fin de cuentas, los viajes son memorias, con el pasar de los años estas se vuelven confusas y seguramente cambian la manera de apreciarlas pero sin lugar a dudas una parte pequeña de la vivencia queda y nos marca para siempre.

Visité la Republica Checa por primera vez allá por el año 2003. Fué mi primer viaje en Europa fuera de Italia y yo no cabía en la piel. Verán, para una parte de los americanos (no importa de que país sea) su sueño es siempre dar el salto en este lado del mundo, conocer el viejo continente, una parte de sus raíces (cuando las hay), maravillarnos con la arquitectura de esta parte del mundo.

Hay quien su sueño es el de visitar la torre Eiffel en París, para otros caminar en calles milenarias romanas y abrir la boca ante el Coliseo sería su máximo y otros tantos quieren hacerse una foto en La Puerta de Alcalá. Para mi en cambio, visitar Praga fué desde niña mi sueño por realizar. Desde pequeña apenas caía en mis manos una revista (muy pocas por cierto) que hablara de Praga la coleccionaba como un objeto precioso; ví películas que en normales situaciones nunca hubiera visto por el solo hecho que sabía se habían filmado en Praga y salía un pedacito de la ciudad, por mencionar algunas: Mission Impossible, XXX, etc. En fin, que tenía una verdadera obsesión por conocer esta parte de Europa.

Max me ayudó a realizar ese sueño cuando en el 2003 -y sabiendo lo que significaba para mi- me propuso irnos de vacaciones a dicha ciudad. Aterrizamos en el aeropuerto de Ruzyně una fría mañana de finales de otoño. Mientras íbamos en el taxi hacia la ciudad yo no quería ni parpadear, temía perderme algo. A quien le guste viajar estará de acuerdo conmigo que la primera vez que vas a un lugar todo es una novedad, todo te parece hermoso y todo es tan electrizante que aún después de muchos años logras sentir la misma emoción si solo cierras los ojos y evocas ese momento.

Llegamos al hotel y dejamos las maletas para encaminarnos directamente hacia el centro. Yo no veía la hora de recorrer el Puente Carlos y ver con mis propios ojos lo que por años solo ví a travéz de fotos y películas. Y ahí estaba. Centenario, viendo pasar a la gente como venía haciendo desde hacía siglos. Inmutable al frío y con el río Moldava acariciando sus columnas con el cariño que solo un par de viejos amigos se profesan.

En Praga recorrimos los lugares típicos del turista. Comimos la comida típica y por primera vez tuve contacto directo con el genocidio de la Segunda Guerra Mundial cuando visitamos el viejo cementerio judío de la ciudad. Todo ello me marcó, todo ello me dejó un recuerdo que aún cuando soy la persona más despistada del mundo y todo se me olvida en menos de un minuto, la sensación de las piedras bajo mis botas de las calles de Old Town está tan grabada en mi memoria que aún ahora puedo sentirla perfectamente.

czech

En Praga realicé mi sueño. Es verdad que ha habido otros países y otros monumentos que me han causado más admiración y me han dejado con la boca literalmente abierta por horas, es verdad que cuando viajo y conozco lugares nuevos los amo, los disfruto y soy feliz; pero la sensación de maravilla que me dejó Praga esos días es algo que no creo pueda olvidar un día. Para mí, aquello era simple y puramente amor a primera vista.

En los años siguientes a mi primera visita en Praga conocí a Pavla y su familia con la consecuencia que pude visitar la República Checa en más ocasiones, pero de ello les hablaré en otro post.

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