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Múnich, Alemania

Múnich es desde siempre una de las ciudades europeas que prefiero. Con Maricruz seguido planeábamos de ir a visitarla juntos pero por un motivo u otro lo habíamos siempre dejado solo en planes, hasta este enero pasado.

Luego de nuestra escapada de un día a Innsbruck tomamos carretera hacia la Baviera, en pocas horas llegamos al apartamento que rentamos a 30km de Múnich ya que sabemos, Maricruz no es una gran fan de las ciudades grandes y de nuevo ganaron sus ganas de tranquilidad para terminar en un pueblito cerca de la ciudad, que además nos permitió de conocer un pocos los alrededores. Al día siguiente de nuestra llegada y apenas tomado el desayuno nos encaminamos a Múnich para visitar su centro histórico.

Dejamos el carro en la parada del metro del Allianz Arena (el nuevo estadio del Bayern Monaco) y de ahí tomamos el mismo metro que en muy pocos minutos nos deja en la Marienplatz.

Como siempre, dejo que Maricruz suba primero a las escaleras eléctricas y como siempre la distraigo un poco: Quiero ver la expresión de asombro en su cara cuando vea las chapiteles góticas del Neues Rathaus. Ya, lo admito, lo hago cada vez que vamos juntos a un lugar nuevo para ella, adoro verla feliz como una niña a la que le presentan un regalo, me hace recordar la primera vez que con el carro y habiéndola apenas recogido en el aeropuerto pasamos por delante del Coliseo en Roma…

La fachada principal del municipio ocupa totalmente uno de los lados de la plaza, todos se detienen a ver su espectacular reloj per la belleza del edificio no es solo eso, es su majestuosidad lo que lo deja a uno sin aliento.

Marienplatz  es bella, espaciosa, llena de negocios…cerrados. Como nos ocurre seguido, hemos dado con un día festivo: El 6 de enero y mañana no será diferente ya que será domingo y los únicos negocios abiertos serán los restaurantes. Como sea, continuamos a pasear por el centro peatonal con Taita que jala como nunca y con las risas de los turistas que nos ven como hacemos hasta lo imposible por no dejarla acercarse a la fuente. Taita quiere echarse un clavado a toda costa y a mi ya me duele el brazo de tanto jaloneo.

A lo largo del paseo nos detenemos a admirar una de las iglesias más representativas e importantes de la Baviera: La iglesia de San Miguel. Su hermosa fachada blanca sobresale de entre todos los edificios de la plaza, entra primero Maricruz y yo me quedo con Taita, luego entro yo para hacer un par de fotos y visitarla con calma mientras ellas me esperan afuera.

Me embeleso con la bellísima bóveda de cañón (grande casi como la de S. Pedro en Roma), sus grandes y luminosos ventanales, el grande órgano sobre la puerta, los juegos de luces. Todo hace que la visita sea inolvidable. Me acerco al púlpito y pienso que justo aquí, desde este mismo lugar el padre  Rupert Meyer predicaba contro el régimen facista, indiferente a las amenzas recibidas y continuando a hacerlo hasta que fuera llevado a un campo de concentración de donde salió solo al final de la guerra. El hecho que los nazistas no quisieran hacer de él un mártir fué lo que le salvó la vida.

Solo un poco más adelante de la iglesia de San Miguel se encuentra una de las cervecerías más históricas de Múnich y a donde he ido a comer en cada una de mis visitas a la ciudad: Zum Augustiner. Aquí abro una parente (come decía Nino Frassica), Múnich es la ciudad más dogfriendly que hemos visitado hasta ahora. Los perros pueden subir a todos los medios de transporte público incluso sin bozal, en los restaurantes son bien aceptados (en varios nos pasó que le llevaban primero un cuenco de agua a Taita antes de atendernos a nosotros), en los parques pueden correr libremente sin correa en las zonas verdes. Dicho esto, nos damos un mega atracón de salchichas, lacón a la Bavarian, ensaladas de col y patatas y otras delicias que nos deja más que satisfechos.

Para poder digerir semejante comida decidimos de continuar con el paseo hasta Karlsplatz. Esta plaza viene construída y titulada al duque Carlos Teodoro de Baviera en 1791, cuando fueron derrumbadas las murallas de la ciudad. Una de las puertas del fuerte fué conservada y ahora recibe cientos de visitantes al día, indiferente al pasar de los siglos. La plaza viene también llamada Stachus, en honor de la más famosa taberna de la ciudad.

Terminamos nuestro paseo en el centro este primer día y regresamos a tomar el carro para buscar un supermercado y comprar algo ligero para cenar, pero todo está cerrado. Llegamos a nuestra morada cuando el sol está casi cayendo y no contentos con la caminata de todo el día, llevamos a Taita a los campos cercanos a que se saque todo el estrés de haber estado en ciudad siempre con la correa. Naturalmente tenemos que correr a seguirla porque quiere saltar dentro el agua de un lago, si no que diversión sería!

A la mañana siguiente regresamos al centro para entrar al Duomo. Dicho Duomo di Monaco tiene una historia un poco problemática, destruído y reconstruído varias veces es visitado y conocido porque en su interno se puede encontrar la huella del diablo. Son varias las historias que se giran entorno a esta huella impresa en piedra negra que se encuentra cerca de la entrada principal, aunque en realidad no es lo único atractivo de esta catedral. Muy bella la escultura de mármol de los cuatro caballeros (representando la guerra y la paz) del monumento fúnebre dedicado a Ludovico el Bavaro, las estatuas de madera góticas esparcidas en la iglesia y la estatua en tamaño natural de San Jorge, todo ello verdaderas obras de arte dignas de una Catedral. En una de las capillas laterales se encuentra además la reliquia de San Benón de Meissen, el santo patrón de Múnich.

Luego de haber comido nuevamente en Zum Augustiner, nos encaminamos hacia el Jardín Inglés, uno de los parques más conocidos y apreciados de la ciudad donde Taita se pudo dar vuelo y por fin correr a sus anchas. Este parque es muy grande y relajante, no hay nada mejor que caminar por sus áreas verdes y sus caminos, escuchar el rumor del agua en los canales, la risa de los niños que juegan con sus mascotas. Todo ello te relaja y te deja bonitos recuerdos. Nosotros estuvimos paseando por un par de horas hasta que de repente escuchamos música en el ambiente, ya saben, la típica baviera; la seguimos con mucha curiosidad solo para terminar en una zona donde sobresale una pagoda: ¿Qué diablos hace una pagoda en un jardín alemán?, no lo supimos entonces porque estábamos demasiado entretenidos con el aroma de los Bratwurst y del vino especiado que provenía de los quiscos entorno.

En el jardín Taita se divirtió muchísimo, corría con las orejas que le volaban al viento, nos traía todo tipo de palos para que se los lanzáramos, correteaba a todos los patos y pájaros que veía, en fin, se comportaba como te esperas que se comporte un labrador en un parque: Jugando felizmente.

Al día siguiente y nuestro último día en Múnich, lo dejamos para visitar la zona olímpica y sus alrededores y para darnos una vuelta por el lago de Starnberg, localidad donde estábamos alojando. Luego de tres días en Múnich dejamos la ciudad con la certeza que no habíamos visto todo y que eso nos daba la perfecta excusa para regresar en otra ocasión, seguramente regresaremos; Maricruz se quedó con ganas de hacer un par de compras para su trabajo y yo, bueno, al fin de cuentas esta es solo la tercera vez que visito esta espléndida ciudad.

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