[expand title=”Leggere in italiano”]

Ho scritto e riscritto questo post almeno quattro volte. Parlare delle madri che non ci sono più mica è facile. C’è sempre il rischio che i tuoi visitatori girino i tacchi appena leggono il titolo. Allora è meglio che cominci e sia quel che sia:

Mia madre era una donna semplice. Di gusti semplici, di sogni semplici. Mai la vidi in cucina preparando macarons o guarnendo torte di nozze. Mai si mise un profumo Chanel o un abito di Dolce & Gabbana e mai lasciò il paesino in cui sono nata.

Mia madre era più felice di prepararci le albóndigas e di coccolarci con l’enchiladas o qualsiasi altro antojito messicano. Si vestiva con delle tuniche di cotone fatte da lei e profumava di crema di hamamelis.

Tutti gli anni mi succede lo stesso in questa data. Mi trasformo. Vivo le giornate in maniera differente, come se fossi un’altra persona. Sono imprevedibile e così come posso passare dei giorni senza curarmi di me stessa, della casa, della mia famiglia; nella stessa maniera mi concentro totalmente su tutti i dettagli del vivere.

Cucino in eccesso, parlo in eccesso, scrivo in eccesso. E’ come se qualcosa dentro di me volesse uscire e non lo lascio. Vorrei gridare e mi si strozza in gola. Vorrei scappare ma resto sempre qui. Vorrei ridere  e non ci riesco.

Però penso. E penso molto. Tanto che posso vedere -come nei fumetti- il fumo salire dalla mia testa e tutte le idee si mostrano come lampadine illuminate (proprio uguale come nei cartoni animati).

E penso a quella volta, ti ricordi Max? quando ci invitò mia mamma a fare colazione nel hotel dove lavorava e mandò sul tavolo tanto cibo da sfamare un esercito. Huevos divorciados, huevos rancheros, hotcakes, chilaquiles, jugo de naranja, café de olla y pan francés.  E già. Mia mamma che ci deliziava col suo pane francese, così orgogliosa che la sua cucina si stesse aprendo a nuovi orizzonti.

E Max che s’innamorò del pan francés, tutto bagnato di miele e profumato di cannella.  Ed io nei mesi seguenti non le davo tregua per telefono perchè ogni volta che lo facevo mi si bruciava, non sapeva uguale, non aveva la stessa morbidezza o non profumava uguale; perchè cavolo mamma! questo non è il pan francés che tu ci facesti!

E lei che ridendo mi dava la stessa ricetta tante volte scritta in una tovaglietta, in un pezzo di carta, sulla lista della spesa. E mi diceva sempre lo stesso: Il segreto è la panna.

Ma io non ne ero così sicura e continuavo a fare i miei esperimenti con la stessa semplice ricetta scritta in quella tovaglietta spiegazzata.

Vorrei prendere il telefono e chiamarla. Vorrei dirle che alla fine, solo oggi ho potuto fare il pan francés come il suo, che mi sono resa conto che effettivamente, il segreto era la panna! e che mi dispiace tanto di averci messo tanti anni a capirlo.

Che aveva ragione in tutto e che mi manca da morire, che vorrei leggessi il mio blog e mi lasciassi un commento. Che vorrei vedessi che tutte quelle ore passate insieme in cucina, non furono inutile. E sopratutto vorrei che mi dicessi che non sempre sarà così, che un giorno questa data non sarà tanto dura per me.

Il compleanno di mia madre è stato 10 giorni fa, ma io cerco di non pensarci troppo, sopratutto perchè l’anniversario della sua morte è poco meno di un mese dopo. Scusatemi se sto così, ma ho sentito da qualche parte che la tristezza se la condividi ti duole meno. Sarà vero?
[/expand]

 

 
He escrito y vuelto a escribir este post al menos cuatro veces. Hablar de las madres que ya no están no es fácil, corres el riesgo que tus visitantes den media vuelta apenas leen el título.  Entonces, será mejor que comience y que sea lo que tenga que ser:

Mi madre era una mujer simple. De gustos simples, de vida simple, de sueños simples. Nunca la ví en la cocina preparando macarons o adornando un pastel de bodas. Nunca se puso un perfume Chanel o se vistió de Dolce & Gabbana y nunca salió del pueblito en el que nací.
Mi madre era más bien de preparar albóndigas, de agasajarnos con enchiladas o cualquier otro antojito mexicano. Se vestía con túnicas de algodón y olía a crema de hamamelis.

Todos los años me pasa lo mismo en estas fechas. Me transformo. Vivo los días de una manera diferente, como si fuera otra persona. Soy impredecible y bien puedo pasar días sin poner atención a mi misma, mi casa, mi familia; de la misma manera me vuelco en todos los detalles del vivir. Cocino en exceso, hablo en exceso, escribo en exceso. Es como si algo dentro de mi quiere salir y no lo dejo. Quiero gritar y lo ahogo. Quiero escapar y me quedo. Quiero reir y no puedo.
Pero pienso. Y pienso mucho. Tanto que puedo ver -como en las caricaturas- que me sale humo por el cráneo y las ideas se presentan como foquitos iluminados (igualito que en los cartones animados).

Y pienso en aquella vez ¿Recuerdas Max? cuando nos invitó mi mamá a desayunar al hotel donde trabajaba y nos mandó a la mesa comida para un ejército. Huevos divorciados, huevos rancheros, hotcakes, chilaquiles, jugo de naranja, café de olla y pan francés. Ya. Mi mamá que nos deleitaba con su pan francés, tan orgullosa ella de su cocina que estaba probando nuevos horizontes.

Y Max que se enamoró del pan francés, todo bañado con miel y con su perfume de canela. Y yo que en los siguientes meses no le dí tregua a mi madre y la llamaba cada vez que hacía pan francés y se me chamuscaba, no sabía igual, no tenía la misma textura, no olía igual porque: Diablos! este no es el pan francés que tú nos hiciste mamá!

Y ella que reía y me daba la misma receta tantas veces anotada en una servilleta, en un pedazo de cartón, en una lista del supermercado. Y me decía lo mismo de siempre: El secreto es la crema. Pero yo no estaba tan segura y continuaba a hacer mis experimentos con la misma símplisima receta en esa servilleta de papel arrugada.

Quisiera tomar el teléfono y llamarla. Quisiera decirle que por fin, solo hoy he podido hacer el pan francés como ella lo hacía, que me he dado cuenta que efectivamente, el secreto estaba en la crema y que siento tanto el que me llevara años el descubrirlo.
Que tenía razón en todo y que me hace falta a rabiar, que quisiera leyera mi blog y me escribiera un comentario, que quisiera que viera todas esas horas en la cocina juntas no fueron en balde. Y sobre todo quisiera que me dijera que no siempre será así, que un día estas fechas no serán tan duras para mi.

El cumpleaños de mi madre fué hace diez días, pero yo trato de no pensar mucho en ello, sobre todo porque el aniversario de su muerte es ni siquiera un mes después. Me van a disculpar si me he puesto en este plan, pero he escuchado por ahí que las penas si las compartes te duelen menos. ¿Será verdad?.

Pasando a la receta, lo de la crema es verdad. He pasado casi nueve años cocinando en Italia y añorando con fervor los sabores de mi tierra, sobre todo el de la crema que se encuentra por allá y que definitivamente tiene un sabor diferente.
Hace poco encontré la panna fresca en el mercado, no la compraba porque para mi crema fresca tiene otro significado; en primera instancia no debe ser “embotellada”, se tiene que comprar directamente del ‘lechero’ y sabes al 100% que es hecha en casa.
Pero bueno, le quise dar una oportunidad a esta (es la misma que usé para el helado de vainilla y que se ve en la foto de los frutos rojos). Me gustó tanto que he ido de nuevo a comprarla y traerme toda la producción a casa y ahora no sé que hacer con ella.

Pan francés

  • 4 rebanadas de pan para sandwiches (en México usamos pan Bimbo pero igual puede ser cualquier tipo de pan de caja)
  • 2 huevo
  • 70grs de leche
  • 60grs de crema fresca
  • mantequilla para freír
  • 2 cditas de canela en polvo

Poner la leche, crema, huevos y canela en un contenedor y batir vigorosamente. Mojar las rebanadas de pan en la mezcla de leche.
En una cacerola antihaderente poner un poco de mantequilla y derretir cuidando que no se queme. Freír las rebanadas de pan por ambos lados (unos 3min) a fuego medio.

Servir con frutas de tu gusto y bañar con miel.

Author: Maricruz

Fotógrafa inventada y foodie por casualidad. Viajera curiosa y adoradora incondicional de los gatos. Vivo, respiro y me harto de cappuccinos (mi vicio!) en Roma, Italia.